domingo, 2 de febrero de 2014

Sólo es música, chaval

No se si era el ronroneo del gato de mi colega en mi regazo, la madera de aquellas fichas de Tenga desparramadas en el suelo o mi culo sobre una alfombra en la dura y brillante tarima del cuarto, pero algo allí se absorvía suavemente en forma de música y  te daba paz.
Mi colega me descubría los Eagles, la Steve Miller Band, los Byrds y Pete Seeger; aquellas melodías salían del viejo equipo Casio y llenaban nuestros sedientos oídos.

Más tarde, cuando entró en el cuarto el nuevo equipo Philips, ninguno de los dos lo podíamos creer, ¡joder, aquel pequeño equipo sonaba de miedo! Yo lo achacaba a sus coquetos altavoces de madera, e intentaba dar un punto más de volumen mientras sonaba Tom Petty o los Doors, pero cuando mi colega se daba cuenta sus tímidos y finos dedillos ajustaban los decibelios a niveles más razonables para una madre (y a veces nonagenaria abuela) que hacía su vida al otro lado de la puerta.
¿Qué harán dos adolescentes encerrados en un cuarto en una tarde lluviosa?
No necesitábamos porros ni revistas porno, no teníamos Facebook para comunicarnos en silencio, sólo teníamos buena música chaval, un juego de mesa y nuestra compañía.

Las interminables tardes de partidas de Risk en el piso de arriba ya eran harina de otro costal. El viejo y flamante Thomson de su padre, un colega más y un tablero del mundo con cientos de fichas desparramadas por el indomable gato podían asegurarte una tarde de desconexión del mundo. ¿Exámenes del instituto? ¿Un feo grano que te ha salido en el puro centro de la frente? ¿Preocupaciones por el inminente mundo universitario? No hay problema, todos los males se iban por la ventana y volaban al jardín, en medio de una acalorada discusión de tres cabezas de chorlito. Una estantería llena de miles de discos de vinilo y la hipnótica oscilación del vúmetro del vetusto y precioso equipo mientras los Boston llenaban mis neuronas era suficiente para excitar mis sentidos y hacerme sentir el tío más feliz del mundo. Ah, la amistad.

¿Hay mejor cosa que golpearte con la lengua de calor del hogar después de caminar durante horas con un buen colega en una fría tarde de invierno? Joder, muchos días traíamos las manos heladas de sujetar el puñetero paquete de pipas. Una mirada nos bastaba para sincronizarnos: él traía un cuenco y cerraba la puerta del cuarto tras de sí, yo ya tenía en la bandeja del equipo algún raro CD nuevo, hurtado veloz de la estantería. Sólo faltaba pelearnos por ajustar el volumen y disfrutar.


Estoy seguro de que esos tiempos volverán, porque aunque los colegas estemos desperdigados, no importa lo que tardemos en juntarnos ni la edad que tengamos, nuestros espíritus siempre serán los mismos. En mi caso, soy paciente y estoy en modo de hibernación, pero cuando mis colegas vengan a buscarme, despertarán al muchacho latente.  Tenemos pendiente pasar unas cuantas noches en aquella casa y en otras nuevas que levantemos, para hacer temblar sus cimientos y los nuestros, subir los decibelios del Thomson hasta que refunfuñe su vieja garganta y mientras bailamos como cojos y engullimos cervezas, colocarnos con buena música y reír hasta creer morir. 

jueves, 23 de enero de 2014

Poco tiempo para la era digital

Sí, creo que me gusta más el bricolaje, tocar la madera y las herramientas que sobar el teclado.
Sí, me gusta más manosear un buen libro que quemarme las pestañas con la pantalla del ordenador.

Nunca me gustó publicar mis hazañas de cada minuto en las redes digitales, y cada vez me agradan menos las mismas. Pese a todo, siempre habrá un momento para el bribón, el cual sólo es un tablón (y nunca me importó que fuese de madera, papel o digital).
Esta vez os dejo un dibujo en píxeles, un esperpento hecho en cinco minutos que aúna caciquismo, era cibernética y contracción; aspectos tan en boga como la vida misma. Que lo disfrutéis y siento no tener más tiempo para el blog (pero sí más tiempo para la vida "real").


viernes, 4 de octubre de 2013

La mano experta

Un día cualquiera tienes un pequeño percance en casa, pongamos que se te sale un cable de acero de su carrete en la puerta del garaje. Te lamentas cuatro veces en arameo, le das vueltas al cable, intentas meterlo pero al poco rato te das cuenta de que tus manos de bricolage chapucero no pueden arreglarlo.

Al principio piensas en el amigo de puntas y martillo (si estuviese aquí...), ese que te ayuda a montar los toldos, que asoma medio cuerpo por la ventana si hace falta en temerario desprecio por su vida en son de la amistad, sin más sujeción que tus temblorosas manos metidas en las hebillas de sus vaqueros.
Tu sonrisa interior se ve pronto cortada cuando piensas… mierda, mi amigo de martillos, chanzas y risas está a miles de kilómetros de distancia, me ha abandonado… no ha construido su casa en una pequeña parcela al lado de la mía, comunicadas por un pasadizo secreto.
Pachacamac, ¿porqué no puede estar aquí mi amigo, a mi lado? ¿Por qué se ha tenido que ir tan lejos que no puedo jugar con él cuando me apetezca, o reírme hasta que me duela la barriga, o asustarme viendo películas de miedo hasta el amanecer? ¿Por qué ya no puedo dormir de vez en cuado con él en la misma cama, más alborotando al vecindario que descansando? ¿Porqué ya no puedo agarrar el teléfono, llamarle y decirle las tan ansiadas palabras –puedes quedar esta tarde- para hacer mil locuras, hablar de libros, películas, y a la noche emborracharme con él?
Pachacamac, mi amigo es malo. Es tan cruel que se ha ido tan lejos que no me ha dejado más que su recuerdo en él cuando me levanto todas las mañanas.

Entonces sales de tu ensimismamiento de niño egoísta y piensas en la mano experta. El único que puede enrollar el maldito cable en su carrete es mi amigo Dani. Con él no valen más chanzas que las justas. Puede que nunca duermas en la misma cama con Dani ni te rías por tonterías hasta creer morir, pero sabes que si alguien puede arreglar esto es él.
Le llamas, da igual la hora; su voluntariedad y la amistad hará el resto. Te dice que acaba de cenar y se acerca. Trae su maletín, observa el carrete, tú le miras intrigado y admirado, él afloja unos tornillos que jamás se te hubiera ocurrido manipularlos y… te tranquilizas.
Sabes que Dani lo va a arreglar, que si su mano no puede con ello te tocará llamar al técnico. Lo arregla. Se toma una cerveza, echáis unas risas, quedáis para otra vez y se va.

Esa noche tú duermes soñando que corres de nuevo con tu amigo por solitarios caminos, cazando hormigas o escalando colinas, desde donde encaramados a altos depósitos observamos en silencio la inmensidad del mundo que se agita a nuestros pies.


Creo que algún día Pachacamac me lo devolverá.

miércoles, 19 de junio de 2013

Estrenando casa

Escribo estas breves líneas desde mi nuevo hogar, de reciente construcción. Ya le dedicaré un artículo como se merece a mi casa; mientras tanto, afilad los dientes al tiempo que yo consumo los días en mudanzas, limpiezas y disminuciones del caos entrópico de mi vida. Hasta pronto.

viernes, 22 de febrero de 2013

Subrealidad controlada


El otro día, cuando el sol ya comenzaba a esconderse, me crucé en la calle con un chaval, de no más de 20 años.
Mientras caminaba, iba con la cabeza gacha, y la mirada concentrada en el objeto que sujetaba en la mano. Si hubiese estado navegando en la realidad virtual, llevando un teléfono móvil o una tablet, si estuviese wasapeando con el amigo que vive dos manzanas más allá o colgando en el Facebook la foto del grano que se estripó esa mañana, no me hubiese llamado tanto la atención. Pero no, ¡iba leyendo un libro!
Era un libro como aquéllos con los que empecé yo, sobado, amarillento, flexible; de esos que puedes llevarte en el tren sin temor a que abarrote la maleta (suerte que en el tren nunca han pedido control de pesaje) o meterlo en la cama, discreto como una buena amante.
Nada de Folletts, Espinosas o Revertes de blancas páginas, portadas llamativas y grandes letras. Ese chico sabía lo que se hacía.

Cuando se cruzó conmigo, levantó la cabeza brevemente para mirarme y siguió a lo suyo. Buena señal, estaba en la subrealidad controlada. De otra manera, ya no sería dueño del tiempo, de su voluntad ni de sí mismo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

La chica que vive en el IKEA

He conocido a una chica que vive en el IKEA, y no porque trabaje allí y tenga una jornada laboral como la de los esclavos negros, sino porque literalmente allí tiene su hogar. Al menos eso he deducido, pues siempre que voy la encuentro allí. Siempre está sola, abstraída, ataviada con sus vaqueros, su camiseta blanca y sus botas. Es en el enorme IKEA de San Sebastián de los Reyes (¡benditos suecos!) el espacio allanado por la chica. No se su nombre ni nada sobre ella, pero cada vez que voy a la tienda de muebles me la encuentro y me quedo mirándola, fascinado. Tiene el pelo a la altura de la barbilla y de color rojizo, pero no como el fuego, sino con la arrogancia de un castaño osado. La delgadez de su rostro la cubre con unas gafas negras, de pasta, y en sus finos y largos dedos alguna vez he adivinado un anillo. Unas veces está en la zona de comedores, sentada en alguna mesa de exposición con bonitas vajillas. Pero los platos están vacíos. Vacíos como su alma, la cual intuyo soñadora e inconforme con el mundo que vive, como la mía. En muchas ocasiones me han dado ganas de llevarme algún bocadillo, sentarme con ella a la mesa y desenvolver el papel de plata lentamente. Me la imagino llevándose pedacitos de pan a sus dientes afilados, con sus ojos clavados en mí. Pero nunca lo hecho. No me da miedo que algún empleado agraviado por la tiranía del imperio sueco nos eche de la tienda por manchar sus bonitos platos de exposición, más bien siento temor de acercarme a ella. Un cable de acero invisible me tira hasta ella, pero un muro igual de etéreo me hace frenar siempre en el mismo momento. Otras veces, está en la zona de baños. Por fortuna nunca me la he topado sentada en algún inodoro ¡qué grotesco!, sino mirándose absorta en el espejo. Yo paso por detrás, admirando su fina espalda, reflejándome detrás de ella, rompiendo la pureza de su imagen, y entre los destellos de los focos mareados entre tanto mueble junto, deseando ser parte de sus sueños IKEAICOS. Pero ella jamás ha alzado sus ojos hacia mí. Donde más me gusta verla en la zona de dormitorios. En alguna tarde lluviosa, incluso me la encontrado tirada en alguna cama, boca arriba, con los brazos extendidos. En esos momentos fantaseo, el cable de acero tira de mí y me imagino tumbado a su lado. En mis sueños le hablo de la enormidad de la tienda, del desfile de gente deseosa de amueblar su casa, pero que todavía no tiene amuebladas sus cabezas ni sus vidas. Me veo caminando con ella de la mano, guiándome por los pasillos y salidas secretas en las que me pierdo. Admiro su risa, que se me antoja un poco diabólica, cuando le digo alguna tontería o cuando mi escaso don de la gracia aflora para decir chascarrillos como ¡mira, un calvo con mucho pelo en la sección de sofás! Pero jamás me he acercado a ella. Tal vez en realidad es que no quiero renunciar a mi vida tal como es. Tal vez sea sólo miedo.

viernes, 24 de agosto de 2012

Dos guitarras, un ampli

Existió una vez, en un desván, una guitarra olvidada. Polvorienta, otrora de tonos rojizo y negro, permanecía a su suerte un rincón y conectada a un amplificador. Aunque los ratones habían roído los cables eléctricos, la guitarra todavía emitía de vez en cuando algún sonido, ronquido estertóreo que pretendía ser acorde. Tristes vibraciones en voz baja que jamás traspasaban las paredes de la vieja habitación.
Un día, alguien abrió la puerta y dejó allí otra guitarra. Esta era blanca, inmaculada, y aunque algo gastada, no tenía polvo como la otra. Los dos instrumentos pasaron muchos días en silencio, mirándose, sin más canción que el tic tac del paso del tiempo. Hasta que un día, sin aparente explicación, los cables de las guitarras se tocaron. Al principio temblaron, se asustaron por la tenue frialdad del metal. Pero pronto se enroscaron, buscando calor. Formaron una espiral.
No sabían qué chispas las movían. Tal vez la defectuosa instalación eléctrica de la buhardilla o las dentelladas de los ratones que roían sus cables, pero lo cierto es que la guitarra blanca se conectó también al amplificador. Las dos emitían trémulos acordes, vibraciones eléctricas que iban de un instrumento a otro recorriendo la longitud de sus mástiles, que volvían a salir por sus cables y finalmente se fundían en una melodía común, que salía en forma de pasional estridencia, de grito de amor desesperado por la boca del amplificador.
Poco tiempo después, a alguien le pareció que aquel desván debía de estar embrujado debido a los extraños sonidos que salían de él. No tardaron en vaciarlo y llevar todas las cosas que contenía, incluidos los instrumentos.

No sé que destino llevaron aquellas guitarras encerradas en los camiones de mudanza. Han pasado varios años, pero cuando paso por allí en los días calurosos, desde la calle me parece oír que desde aquella alta habitación salen todavía bonitos acordes.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Cosas que te encuentras montando en bici

No hace mucho, mientras montaba en bicicleta por un camino no muy alejado del pueblo, asomé la cabeza por una arqueta de aguas descubierta. Allí estaba el zorro, durmiendo. Mientras observaba su acompasado respirar, pensaba en qué suerte poder admirar tan de cerca un animal tan esquivo. Es lo que tiene la bici y las actividades al aire libre. No todo son oficinas, trabajos, libros, centros comerciales ni parques de atracciones; si queréis ver cosas de estas, ¡salid al campo!

miércoles, 16 de mayo de 2012

Hombres de pocas palabras

-Por todos los dioses Cornelius, llevamos varias jornadas dialogando y nunca sois parte activa de las conversaciones -Exclamó el Maestro. Cornelius seguía en silencio, escuchando atentamente. -¿No decís nada? Siempre he pensado que aquel que poco habla mucho oculta... Cornelius tragó saliva. -Maestro, yo pienso que quien poco habla no es debido a que mucho esconda; tal vez prefiere no incurrir en la hipocresía, la exageración y la mentira del buen charlatán. Y el Maestro se calló.

viernes, 11 de mayo de 2012

En camino tras la sobremesa

Iba contracorriente, por eso observaba el reguero de estudiantes sin nombre que despacio llegaban a las aulas en la primera hora de la tarde; los recién llegados recuperando el fatigado aliento, y los que todavía quedaban rezagados en el camino, soñolientos en el dulce recuerdo de la frustrada sobremesa.

jueves, 12 de abril de 2012

Expiración del bienaventurado

Al fin Don Eleuterio murió. Tras semanas en cama, sus flacas facciones en gesto de perpetua perplejidad en aquel lugar frío que debía ser el otro mundo aparecían. Cerca rondaba un diablillo, entregándole un papel que decía: VIDA DE SANTO, MUERTE EN LA UMBRÍA; AHORA DISFRUTA DE LA OTRA VIDA.







Marzo de 2005.

viernes, 6 de enero de 2012

Una odisea... en la Tierra


De piedra me quedo.
En un mundo tan "geek" como este, donde la frenética aparición de nuevos dispositivos tecnológicos hace quedarse obsoletos en unos pocos meses a sus predecesores, donde se viven monumentales litigios entre Samsung y Apple por ver quién ha inventado antes el más moderno cacharrito, donde parece que la nueva tecnología supera ya a cualquier cosa profetizada por el hombre en el cine de ciencia ficción; no es fácil contener el asombro cuando lees referencias sobre los pensamientos de algunos visionarios. No hay más que ver la siguiente imagen de la película "2001, una odisea en el Espacio" (1968), y acordarse de los ipad, tablets PCs y demás cacharros que parecen ser tan modernos.


Sí, eso que está sobre la mesa tiene 44 años.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Patacas

¿Cambio? ¿qué cambio?
Rojo, azul, verde, amarillo... los colores no sirven más que para vestir ideologías muy parecidas que, con algunos matices, buscan los mismos objetivos. A los que creen que ahora todo va a ser de color de rosa y vamos a salir de la crisis, agárrense, porque el menú anticrisis va a ser (con permiso de mi abuela política, de la cual tomo estas palabras): por la mañana patacas, por la tarde patacolas y por la noche patacas solas.